Dos virtudes para fortalecer en Adviento


La propuesta de Adviento es comenzar con un cambio.  Hay dos virtudes que pareciera que olvidamos mucho o no ejercitamos para nada: humildad y controlar el amor propioLas virtudes no caminan solas. Están entrelazadas y eso es algo muy estimulante. Cuando alguien se propone ser mejor en una virtud, al luchar por conseguirla resulta que mejora también el resto.

Para lograr la humildad, sabiendo que todos tenemos nuestro ego, que se expresa de mil maneras, comencemos por un autoexamen y enseguida detectamos que en un solo día: valoramos más la opinión nuestra que la de los demás. Organizamos el día pensando en nuestro propio beneficio.  No hemos mirado lo suficiente a nuestro alrededor para detectar lo que otros podían necesitar. Todo esto son manifestaciones de orgullo y podríamos seguir la lista.

¿Cómo subir un peldaño en el terreno de la humildad? ¿Cómo mejorar en el olvido de sí y poner coto a la soberbia? Hay dos valores que al ponerlos en práctica nos ayudan a ser humildes: Sinceridad y obediencia.

Cada vez que soy sincero, pongo mi ego en su sitio. No siempre voy a quedar bien y cuando quedo mal, reconozco mi error y manifiesto mis limitaciones. No es necesario emplear una máquina de la verdad para saber lo que pienso de las cosas. Cuando he cometido un error doy el primer paso para pedir perdón.

La sinceridad consiste en decirlo todo, no medias verdades. Y eso aplica al noviazgo, a la amistad, al matrimonio, al trabajo, a la vida de relación con Dios…  Cuando uno es sincero, experimenta una sensación de quedar liberado. La sinceridad aporta paz. Aquella cosa mala que me ataba, ya la he soltado.

Ser sincero es estar dispuesto a entrar en uno mismo como quien entra en una casa que ha estado cerrada mucho tiempo, con una linterna o dando la luz, y va descubriendo telarañas, suciedad que había quedado acumulada en un rincón y que no queríamos destapar.  Ser sinceros nos hace transparentes y eso permite que los demás conozcan cómo somos.

Si somos sinceros en todas nuestra relaciones, si mostramos nuestros sentimientos y damos la oportunidad de saber quiénes somos, seremos más cercanos de verdad. Quizá no contar algo para no exponernos o no mostrar nuestra vulnerabilidad, nos hace permanecer en una relación superficial. La sinceridad, en cambio, nos ayudará a profundizar y ser cercanos.

Obedecer implica querer acatar, estar dispuesto a hacer lo una persona me diga y, ser responsable de las consecuencias de lo que hago obedeciendo. Al obedecer, reconozco la autoridad de una persona sobre mí y eso me hace más humilde ya que implica que previamente he valorado a esa persona.

Obedecer significa, a veces, dejar de remar en la dirección que uno quería y seguir otra ruta que me han indicado. Es confiar, replantear cosas, dar prevalencia a los demás, dejar mis planes aparcados y volcarse en otras metas… Y practicar todo eso es una forma de hacerse humilde.

Cuando te cueste ser humilde y no sepas por dónde empezar, practica la sinceridad y la obediencia. Si los trabajamos, incluso en pequeñas metas, serán como dos ruedas que nos ayudan a avanzar.

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