La tumba está vacía: Resucitó

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“Resucitó al tercer día” (1 Co 15,4). Intentemos recuperar el acontecimiento de la Resurrección de Cristo, a través de quienes fueron los primeros testigos, para comprender mejor el mensaje que nos dirige el Señor hoy en día.

Celebramos los aniversarios de nuestras familias (matrimonio, nacimientos) y hacemos lo mismo con la fundación de nuestra fe, la Resurrección de Cristo, en la Pascua, e incluso cada domingo en cada misa. Así que, igual que nos encanta, en esos aniversarios de familia, hojear juntos un álbum de fotos, al abrir el Evangelio encontramos a Cristo en la frescura del día de Pascua en compañía de María Magdalena, de Pedro, de Juan y de los discípulos de Emaús. Caminemos con sus sentimientos y dejémonos sorprender, como ellos, por Cristo Resucitado.

María Magdalena va a llorar a la tumba de aquel a quien amaba y que, por su puesto, creía muerto, después de ser testigo ante la Cruz.   Incluso cuando nuestra fe se encuentra en la oscuridad y Cristo está como muerto para nosotros, continuemos acercándonos a él y deseándole. Pero ¡la tumba está abierta y vacía! María no comprende nada, cree que alguien se ha llevado el cuerpo de Cristo. Se lo dirá a los Apóstoles y luego volverá a la tumba, a los ángeles y al propio Cristo, a quien confundirá.

¿Por qué no reconoce a quien ha seguido hasta el pie de la Cruz? Es fácil para nosotros concebir la idea de la Resurrección de Cristo, ya que la Iglesia la viene proclamando desde hace dos mil años, pero comprendamos que para ella era la primera vez que tenía experiencia de algo así y era del todo inimaginable. Los muertos no resucitan. Es cierto que Lázaro volvió a la vida, gracias a Jesús, el único que podía hacerlo, ¡y ahora Jesús está muerto!

Y entonces el mismo Jesús la llama suavemente por su nombre: “María”. Ni tambores ni trompetas ni venida impactante sobre las nubes como la del Hijo de hombre que anunció Daniel (7,13). ¡Cuánta discreción en esta primera aparición tras su victoria sobre la muerte! Y es por la voz, el órgano de la fe (“La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo”, Romanos 10,17), que María le reconoce.

En cuanto María se da la vuelta, es decir, se convierte (etimológicamente son la misma palabra), le grita su amor: “¡Raboní!”. Y Jesús responde: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre”. Él le hace desprenderse de su afecto hacia el hombre que conoció antes de la Pasión para aprender a conocer al Señor. Y añade Jesús: “Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes’”.

Cristo Resucitado viene a nuestro encuentro para confiarnos una misión: ser sus testigos. La Resurrección es el centro de la Historia, pero no es el último acto, y como Dios es su autor, nos ofrece la posibilidad de proclamar su anuncio y lo que significa para todos: la victoria posible sobre el mal y la muerte, la esperanza de la vida y de la bondad eternas.

Corremos con Juan hacia la tumba. Ve los lienzos y cree. De hecho, sus ojos solamente ven los lienzos y un sudario, vacíos, pero su corazón comprende: Cristo ya no está en la tumba, está vivo.   

Una vez más, es Jesús quien toma la iniciativa en el encuentro. Va a caminar junto a dos hombres abatidos por el drama del Calvario. Ellos tampoco Le reconocen, aunque le conocieron bien antes de su muerte, como nos pasa a menudo a nosotros cuando no Le reconocemos cuando camina a nuestro lado en la vida.

Este camino hacia Emaús es importante para comprender el papel de la Palabra de Dios en el encuentro con Jesús. Lo que Él les dice en camino sobre Sí mismo es muy diferente de lo que contaría un periodista al resurgir extraordinariamente de las entrañas de la muerte. Les da, a partir de la Escritura, el sentido de lo que ha vivido. Es la fe en Cristo Resucitado la que nos abre la inteligencia de la Escritura, y no a la inversa, pero a cambio comprendemos mejor lo que significa Su Resurrección para nosotros cuando nos alimentamos de la Palabra de Dios.

A la llegada a Emaús, Jesús se sienta a la mesa con los dos discípulos. Y es entonces, cuando “tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio” (como el sacerdote en la misa), que comprenden quién es y Le reconocen. Desde entonces, la Eucaristía es el lugar de nuestro encuentro sensible con Jesús. “No tenemos, ni vemos otra cosa real y sensible en este mundo de aquel Altísimo Señor sino su Cuerpo y Sangre”, decía san Francisco de Asís.

Y como María Magdalena, como Juan, los dos discípulos comprenden que es a través del amor como avanzaron hacia Él: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Los peregrinos de Emaús supieron –y nos invitan a hacerlo con ellos– que ese camino hacia la dicha perfecta que recorrieron con Cristo Resucitado y que corren a compartir con los Apóstoles es, de hecho, Él mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Estos encuentros de Pascua cada uno puede buscarlos con esos otros testimonios de la Resurrección: las santas mujeres, santo Tomás, los Apóstoles. Son como destellos sobre una realidad que siempre nos desbordará y que nos hacen entrever lo que Cristo Resucitado espera de nosotros:

  • Es siempre Él quien toma la iniciativa y quien se manifiesta escogiendo libremente a quien quiere;
  • Él quiere ser reconocido y muestra signos para lograrlo, pero no fuerza nada. Deja que su interlocutor encuentre su respuesta en libertad;
  • Este encuentro rompe de tal manera todas las concepciones sobre la vida y la muerte que cada uno debe hacer todo un recorrido de reconocimiento, temor, duda, alegría incrédula, conmoción, adoración (algunos no lo consiguen);
  • Cada uno revela sus disposiciones interiores y comprendemos que lo decisivo para avanzar hacia Él es el amor;
  • Una vez reconocido, Jesús revela que ya no está muerto, sino vivo (habla, camina, come), que sigue siendo el mismo, pero distinto, maestro de las limitaciones de este mundo;
  • Jesús inscribe su Resurrección en la historia de Israel y en la Santa Escritura e invita a leerlas y comprenderlas a la luz del acontecimiento pascual;
  • Él conduce de lo visible a lo invisible, del contacto físico a los signos, de la presencia sensible a los sacramentos en los que se entregará, y ante todo en la Eucaristía;
  • Sus interlocutores comprenden que Jesús es más que el Mesías: “¡Señor mío y Dios mío!”, exclama Tomás.

Todos estos encuentros terminan por un envío en misión. Jesús confía a cada uno la responsabilidad de contar este encuentro con Él y de dar testimonio de la buena nueva de la Salvación. Jesús forma así el corazón y el intelecto para dar testimonio de Él, antes de que el Espíritu Santo dé la fuerza para hacerlo.

Todas esas apariciones de Cristo Resucitado reflejan, por tanto, un encuentro personal con Él. Cada uno de nosotros estamos llamados a ello en los sacramentos, en la oración y en toda la vida. Jesús es siempre nuestro contemporáneo y también nosotros estamos llamados por Él a asumir el mismo reto que sus primeros testigos.