Amen a sus enemigos


¡Cómo suena fuerte esta frase de Jesús!
Nace en muchos de nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible amar al enemigo? Es muy natural que en todos nosotros aparezca el odio al enemigo, la rabia, los resentimientos… ¿Cómo es posible amar a quien no quiero, a quien no tengo un sentimiento de aprecio o de estima?  Estas preguntas nos revelan que probablemente estamos en un plan diferente: lo que entendemos por amor tal vez no sea lo que Jesús entiende. ¿Qué quiere decir Jesús con este mandamiento: “Amen a sus enemigos”? Reflexionemos sobre esto:
En primer lugar debemos notar que él no está pidiéndonos: “sean amigos de todos”. No es así. Es posible que aquel que es nuestro enemigo porque ha elegido un camino equivocado: el camino de la mentira, del fraude, de la envidia, de los celos, de la soberbia, de las trampas, de la calumnia, de la maldad… continuará siendo siempre nuestro enemigo mientras continúe en su mala actitud. Sin embargo, aun así el Señor nos pide que lo amemos. Aunque él esté en un camino feo, como cristianos estamos invitados a amarlo.
Ciertamente, este amor del que habla el Señor no es aquel sentimiento natural de simpatía, de querer estar juntos, de abrazarnos, de compartir nuestras ideas, sentimientos y proyectos… el amor del que nos habla Jesús para con nuestros enemigos es la capacidad de estar a disposición para servirles, para ayudarles, para hacerles el bien, aunque ellos nos hayan lastimado mucho… es sólo así que podremos ser para ellos un testimonio de que Jesús transformó nuestras vidas y nos dio una capacidad de amar que va mucho más allá de una capacidad de amor natural. Es estando a disposición de nuestros enemigos como demostramos la vida nueva que en Jesús hemos empezado a vivir.
Si continuamos odiando a nuestros enemigos, esto demuestra que aun somos hombres carnales y que el Espíritu del Señor aun no nos mueve.
Insisto,  amarlos no significa que tengo que invitarlos a cenar o mandarles mensajitos todos los días… estas cosas podrán hasta ser interpretadas como una provocación. Con ellos, debe quedar muy claro que no compartimos su modo de actuar y que nuestra disposición para servirles cuando tengan necesidad no significa que les apoyamos en sus maldades, sino que en Jesús somos capaces de hacer el bien a quien nos lastima, de servir a quien nos pisa, de rezar por quien nos persigue…
Ciertamente, esto no es una algo sencillo y fácil pero en Cristo todos podemos. Su Espíritu puede darnos una nueva naturaleza.  Si queremos ser verdaderos cristianos no podemos renunciar a este mandamiento. No podemos decir: “las otras cosas yo cumplo, pero esto no.”
En verdad, debo decir que conseguir vivir este amor hasta por los enemigos, nos dona una gran libertad, una capacidad de ser nosotros mismos hasta delante de aquellos que nos hieren, sin dejar que sus actitudes determinen las nuestras.  Pruébalo.

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