Aislados sí, solos no.

El tiempo va pasando y parece que estamos caminando sin ver hacia donde vamos exactamente y eso nos trae no solo miedo sino desconcierto, al igual que el pueblo de Israel cuando caminaba en el desierto… les  parecía una pesadilla que los llenó de dolor,  a  pesar del maná, de la fuente de agua de la piedra, del líder Moisés que los guiaba, y a pesar de que se les prometió una tierra el camino les parecía largo.. ¿qué nos ha pasado? la duda, como este virus, se ha metido en nuestras familias, en nuestras ciudades y en nuestro país. Sin embargo, hoy, nos gustaría saltar esa preocupación y revisar a qué nos invita el Señor en este doloroso momento.

Este pequeño viaje lo haremos de la mano de la resurrección de Lázaro. Esa maravillosa página donde Jesús aparece más humano que nunca; llorando, moviéndose, gritando. El amor nos hace gesticular profundamente. Y uno descubre que cuando el ser humano ama lo hace con gestos de divinidad y cuando Dios ama lo hace con gestos humanos. Todo su llanto, su grito, su mirada al cielo es para decirnos que el amor vence a la muerte.  Sí, vida y muerte son una unidad, pero sobre la soledad del dolor y de la muerte, el AMOR VENCE.

Estremece sentir lo que la gente decía al ver a Jesús: miren cómo lo amaba. Eso mismo es lo que siente por cada uno de nosotros porque nos AMA. 
La razón de la resurrección de Lázaro es el amor de Jesús, un amor lleno de lágrimas y de un grito, si cabe, arrogante: ¡sal! ¡Vive!
Podemos aprender de tantos cristianos perseguidos y  necesitados que las lágrimas de los que aman son el mejor libro de la vida. Por eso, en este momento los invitamos a salir del dolor, a vivir como Jesús nos quiere. Para eso, debemos arrancar las piedras que nos paralizan y debemos perdonarnos, redescubrir el amor; después, debemos salir de nosotros mismos, de las decepciones y del dolor de mirarnos para decir cuánto amor estamos recibiendo y viviendo.
No dudemos, quien ha sido amado no puede sino dar gracias, incluso en el miedo y en el silencio. Y, por último, dejemos partir, si llega el momento, a las manos enormes de Dios, esas manos que son la envoltura del vientre que da a luz la vida.
Aislados sí, solos no. El amor vence. Jesús no aceptó que el final de Lázaro, como tampoco lo acepta para nosotros, tenga que ser la nada de la muerte y nunca lo aceptará porque ÉL DIO LA VIDA PARA QUE NOSOTROS TENGAMOS VIDA.  NO HAY MIEDO, EN LA VIDA Y EN LA MUERTE SOMOS DEL SEÑOR.

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