Un agua que limpia: el Bautismo

Hacen falta personas con las aguas de su alma en calma, aguas tranquilas en puertos seguros.

Con el Bautismo de Jesús terminamos oficialmente la Navidad.  Esta celebración del Bautismo de Jesús debería a invitarnos a renovar nuestro propio bautismo una y otra vez para que pueda reinar Dios en mi alma.  Recordemos que por el agua bautismal quedamos limpios y ungidos como sacertotes, profetas y reyes.  Necesitamos el agua del bautismo para ponernos en camino y luego al ungirnos con aceite sagrado se a quién pertenezco: Soy hijo de Dios.

Somos nosotros los que ensuciamos la limpieza que nos dio el bautismo, manchamos el traje blanco que llevamos como símbolo ese día.  Cuando pensamos en esto sabemos que necesitamos ser “lavados” de nuevo porque seguimos sucios.  Juan bautizó a Jesús, aunque era él (Juan) quien más lo necesitaba: “En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: – Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí? Jesús le contestó: – Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces Juan se lo permitió”.

Al igual que Juan pensemos en que no somos dignos, no hemos merecido esos regalos, esos dones o gracia que se nos da a través del Bautismo.  Muchos de nosotros no solemos reflexionar en lo maravilloso de los sacramentos y algunos se los toman a la ligera.  Te imaginas un agua que cambie nuestra alma por dentro. 

Imagínate la escena personal quitándote los zapatos y entrando a las aguas del Jordán: ¿Qué sentido tiene? ¿Qué poder tienen ahora esas aguas? Probablemente el río no es transparente, las aguas están revueltas como puede estar tu vida.  En esas aguas fue bautizado Jesús. Y el contacto con Él santificó el agua para siempre. Sabiendo que ahora el río está limpio, que las aguas están claras, igual que renovarte en tu Bautismo, vas a querer adentrarte feliz en las aguas, te vas a renovar, vas a dejar que Jesús te toque por dentro, te sane.  Recuerda el agua limpia.

Todo eso que llevamos en el interior, que nos pesa, muchas veces es falta de paz, nuestros pensamientos no son los mejores, atentamos contra la pureza que debe de haber en nuestra alma.  No somos transparentes. Por todo ello dejo de ver lo bueno, lo bello, lo puro en los demás. El agua de Dios limpia mi mirada, mi corazón, mi conciencia. Limpia mi alma para que viva con paz. Decía san Juan de la Cruz: El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa”.   

No podemos Bautizarnos de nuevo para tener el alma limpia. El pecado ensució el fondo de mi ser. ¿qué hacemos para lograrlo? y entonces se nos regala un sacramento maravilloso: La confesión, me permite volver al comienzo. Lava mi alma. Me deja volver a empezar. Siempre de nuevo. Un nuevo paso hacia dentro, hacia los hombres. Me libera de mis egoísmos y orgullos. Me siento de nuevo niño, hijo.

Eso es lo que me salva, saberme amado, sentirme amado en lo profundo. Es el agua que se derrama por mi ser. El agua como una cascada. Quiero recibir el amor de Dios como un agua nueva y me reconcilio con él confesando aquello que no he hecho bien, estoy consciente que me he manchado yo y que he manchado a otros. Guardo silencio para reflexionar en mi bautismo. Es una invitación a adentrarme en lo más hondo de mi ser. Hacen falta hombres renovados por el agua del bautismo que sean Jesús en medio de los hombres. Ese Jesús al que poder señalar como aquel que me cambia la vida y me salva.

“Hacen mucho bien quienes, con el peso de su silencio, actúan de diques y rompeolas, frenando todo alboroto procedente de fuera o de dentro. Gracias a ellos las aguas se mantienen siempre en calma. No se rompen las amarras de las barcas ni chocan sus cascos”.

Hacen falta personas con las aguas de su alma en calma. Aguas tranquilas en puertos seguros. Aguas en las que la barca no se sienta alterada por las olas.  El agua de mi bautismo me hace un hijo que confía en su padre. Renueva mi deseo de entrega. Me lleva a besar con fuerza y alegría mi misión de vida. Me convierto en un puerto en el que muchos puedan y quieran descansar.