Adviento, despertar, caminar, alegrarse y proclamar

El Salvador llega. Juan lo anuncia. La voz que suena en el desierto llega hasta nosotros: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc. 1, 15-16).

El domingo 24 de noviembre cerrábamos el Año Litúrgico con la festividad de Cristo Rey.  Comenzamos el camino de Adviento . Inicia en un momento del año, avanza por etapas progresivas, se dirige a una meta.

El primer domingo nos invita a cambiar a despertar, podemos analizar nuestra vida, poner en orden nuestras “gavetas”, revisar a quiénes hemos dejado atrás, el cambio es constante y necesario.  El segundo domingo nos ponemos en camino, al igual que los magos de oriente en busca de la estrella.  El tercer domingo (Gaudette) es de alegría, el Mesías prometido viene a campar con nosotros como dice el salmista: “Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.   El cuarto domingo es de proclamar, de contarle al mundo que es una aldea, en un pesebre nace el amor, la paz y la justicia, la redención, el camino, la verdad y la vida, nace JESÚS y gritamos al mundo que ese pequeño niño vino a cambiar el mundo, a ponernos en camino como sus discípulos, a darnos la Buena Nueva, porque él es la BUENA NUEVA….

Ante la invitación a ponernos en marcha preguntemos entonces: ¿Quién invita? ¿Desde dónde iniciamos a caminar? ¿Hacia qué meta hemos de dirigir nuestros pasos? La invitación llega desde muy lejos. La historia humana comenzó a partir de un acto de amor divino: “Hagamos al hombre”. El amor daba inicio a la vida.

Ese acto magnífico se vio turbado por la respuesta del hombre, por un pecado que significó una tragedia cósmica. Dios, a pesar de todo, no interrumpió su Amor apasionado y fiel. Prometió que vendría el Mesías.

La humanidad entera fue invitada a la espera. El Pueblo escogido, el Israel de Dios, recibió nuevos avisos, sabía que el Mesías llegaría en algún momento de la historia. El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor iba a cumplir, pronto, su promesa.

Esa invitación llega ahora a mi vida, en este Adviento. También yo espero salir de mi pecado. También yo necesito sentir el Amor divino que me acompaña en la hora de la prueba. También yo escucho una voz profunda que me pide dejar el egoísmo para dedicarme a servir a mis hermanos.

¿Desde dónde comienzo este camino? Quizá desde la tibieza de un cristianismo apagado y pobre. Quizá desde odios profundos hacia quien me hizo daño. Quizá desde pasiones innobles que me llevan a caer continuamente en el pecado. Quizá desde la tristeza por ver tan poco amor y tantas promesas fracasadas.

La voz vuelve a llamar. En el desierto del mundo, en la soledad de la multitud urbana, en la calma de la noche invadida por los ruidos, en las risas de una fiesta sin sentido… La voz pide, suplica, espera que dé un primer paso, que abra el Evangelio, que escuche la voz de Juan el Bautista, que abandone injusticias y perezas, que mira hacia delante.

Al decir Adventus, los cristianos afirmaban sencillamente que Dios está aquí: El Señor no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. El Adviento es un tiempo en el que la Iglesia llama a sus hijos a vigilar, a estar despiertos para recibir a Cristo que pasa, a Cristo que viene.

 

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